El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Ha dejado de llover.
—¿Sí? —Cuando entendió lo que yo acababa de decirle, que campanillas de sol centelleaban en la habitación, sonrió como un meteorólogo, como el patrocinador extasiado de la luz que volvía, y repitió la novedad a Daisy—. ¿Qué te parece? Ha dejado de llover.
—Me alegro, Jay. —Su garganta, llena de una belleza triste y dolorida, sólo hablaba de su felicidad inesperada.
—Quiero que me acompañéis a casa. Me gustaría enseñársela a Daisy.
—¿Estás seguro de que quieres que vaya yo?
—Absolutamente, compañero.
Daisy subió a lavarse la cara —y demasiado tarde me acordé, con humillación, de mis toallas— mientras Gatsby y yo esperábamos en el césped.
—Mi casa está bien, ¿verdad? —me preguntó—. Fíjate en cómo da la luz en la fachada.
Reconocí que era espléndida.
—Sí. —La recorrió con la mirada, deteniéndose en el arco de cada puerta, en la solidez de cada torre—. Tardé tres años en ganar el dinero para comprarla.
—Creía que habías heredado tu dinero.
—Y lo heredé, compañero —dijo inmediatamente—, pero perdí casi todo en el gran pánico…, el pánico de la guerra.