El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Veréis en persona a mucha gente de la que habéis oÃdo hablar.
La mirada arrogante de Tom se paseó por la multitud.
—No salimos mucho —dijo—; de hecho estaba pensando que no conozco a nadie.
—Quizá conozca a esa señora —Gatsby señalaba a una magnÃfica mujer orquÃdea, apenas humana, sentada con dignidad regia bajo un ciruelo blanco.
Tom y Daisy la miraron sorprendidos, con esa peculiar sensación de irrealidad que nos acompaña cuando reconocemos a una celebridad del cine, fantasmal hasta ese momento.
—Es preciosa —dijo Daisy.
—El hombre que ahora se inclina sobre ella es su director.
Gatsby los llevó ceremoniosamente de grupo en grupo:
—Mistress Buchanan… y mister Buchanan —después de vacilar unos segundos añadió—. El jugador de polo.
—No —protestó Tom—, yo no.
Pero era evidente que el sonido de aquellas palabras le habÃa gustado a Gatsby, y Tom siguió siendo «el jugador de polo» toda la noche.