El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Un sábado por la noche, cuando la curiosidad sobre Gatsby habÃa llegado al máximo, no se encendieron las luces de su casa y, de modo tan oscuro como habÃa empezado, acabó su carrera como Trimalción[20]. Sólo poco a poco me di cuenta de que los automóviles que con expectación tomaban la curva en el camino de entrada apenas se detenÃan un instante y luego se alejaban disgustados. Preguntándome si no estarÃa enfermo, me acerqué a informarme. Un mayordomo con cara de indeseable y a quien no conocÃa me miró desde la puerta con aire torvo y desconfiado.
—¿Está enfermo mister Gatsby?
—De eso nada. —Después de una pausa, resistiéndose y a regañadientes, añadió «señor».
—No lo veo por aquÃ, y estaba preocupado. DÃgale que ha venido mister Carraway.
—¿Quién? —preguntó, grosero.
—Carraway.
—Carraway. Muy bien, se lo diré.
Y sin más pegó un portazo.
