El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Su corazón latÃa cada vez más deprisa mientras la cara blanca de Daisy se acercaba a la suya. SabÃa que, cuando besara a aquella chica y uniera para siempre sus visiones inexpresables a su aliento perecedero, su mente no volverÃa jamás a volar como la mente de Dios. Asà que esperó, y oyó unos segundos más el diapasón que acababa de golpear contra una estrella. Luego la besó. Y, al roce de sus labios, ella se abrió como una flor y la encarnación fue completa.
Todo lo que dijo, incluido su espantoso sentimentalismo, me recordaba algo: un ritmo esquivo, un fragmento de palabras olvidadas que habÃa oÃdo no sé dónde, hacÃa mucho. Una frase trató de tomar forma en mi boca y mis labios se abrieron como los de un mudo, como si se les resistiera algo más que un asustado soplo de aire. Pero no emitieron ningún sonido, y lo que habÃa estado a punto de recordar se convirtió en incomunicable para siempre.