El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Tom, impaciente, usó los dos frenos a la vez y nos deslizamos hasta un rincón árido y polvoriento bajo el letrero donde se leía Wilson. Al cabo de unos segundos el propietario surgió del interior del garaje y lanzó una mirada vacía al coche.
—¡Gasolina! —gritó Tom, brutal—. ¿Para qué cree que hemos parado? ¿Para admirar el paisaje?
—Estoy enfermo —dijo Wilson sin moverse—. Llevo enfermo todo el día.
—¿Qué le pasa?
—Estoy agotado.
—Bueno, ¿me sirvo yo? —preguntó Tom—. Por teléfono parecía estar perfectamente.
Wilson dejó con esfuerzo la sombra y el apoyo de la puerta y, respirando con dificultad, quitó el tapón del depósito. A la luz del sol tenía la cara verde.
—No era mi intención molestarlo durante el almuerzo —dijo—. Pero necesito dinero rápido y quería saber qué piensa hacer con su coche viejo.
—¿Le gusta este? —preguntó Tom—. Lo compré la semana pasada.
—Es estupendo, amarillo —dijo Wilson, mientras se afanaba con la manivela del surtidor.
—¿Quiere comprarlo?
—Es demasiado. —Wilson sonrió débilmente—. No, pero al otro podría sacarle algún dinero.