El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Se me ha olvidado la larga y tumultuosa discusión que acabó reuniéndonos en aquella habitación, aunque conservo un recuerdo fÃsico y claro de que, en el curso del debate, los calzoncillos insistÃan en trepar por mis piernas como una serpiente y de que gotas frÃas de sudor me corrÃan intermitentemente por la espalda. La idea nació de la sugerencia de Daisy de que alquiláramos cinco cuartos de baño y tomáramos baños frÃos, y luego asumió la forma más tangible de «buscar un sitio donde bebernos un julepe de menta». Todos repetimos y repetimos que era «un disparate», y todos hablamos a la vez con un conserje perplejo y pensamos, o fingimos pensar, que éramos muy divertidos…
En la habitación, muy amplia, hacÃa un calor agobiante y, aunque eran ya las cuatro, al abrir las ventanas apenas si entró el soplo caliente de los árboles del parque. Daisy se acercó al espejo y, dándonos la espalda, se arregló el pelo.
—Es una suite muy chic —murmuró Jordan muy seria, y todos nos reÃmos.
—Abrid otra ventana —ordenó Daisy, sin volverse.
—No hay más.
—Muy bien, entonces pediremos por teléfono un hacha.