El Gran Gatsby
El Gran Gatsby La música se había extinguido cuando empezó la ceremonia y en aquel momento nos llegó por la ventana una larga ovación, seguida por gritos intermitentes de «Sí, Sí, Sí», y, por fin, una explosión de jazz que marcó el comienzo del baile.
—Nos estamos haciendo viejos —dijo Daisy—. Si fuéramos jóvenes, nos levantaríamos y nos pondríamos a bailar.
—Acuérdate de Biloxi —la previno Jordan—. ¿Dónde lo conociste, Tom?
—¿Biloxi? —Hizo un esfuerzo para concentrarse—. Yo no lo conocía. Era amigo de Daisy.
—No —dijo Daisy—. Yo no lo había visto en mi vida. Llegó en uno de los vagones alquilados.
—Bueno, él dijo que te conocía. Decía que se había criado en Louisville. Asa Bird nos lo trajo a última hora y preguntó si teníamos sitio para él.
Jordan sonrió.
—Probablemente quería volver a casa de gorra. Me dijo que era presidente de vuestro curso en Yale.
Tom y yo nos miramos sin entender.
—¿Biloxi?
—En primer lugar, no teníamos presidente.
El pie de Gatsby golpeaba rítmicamente el suelo, nervioso, y Tom lo miró de repente.
—Por cierto, mister Gatsby, tengo entendido que es usted antiguo alumno de Oxford.