El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Sé que no resulto demasiado simpático. No doy grandes fiestas. Supongo que tienes que convertir tu casa en una pocilga para tener amigos… en el mundo moderno.
Aunque me habÃa puesto de mal humor —como todos—, sentÃa verdaderas tentaciones de reÃrme cada vez que Tom abrÃa la boca. Su transición de libertino a mojigato habÃa sido perfecta.
—Tengo algo que decirle, compañero —empezó Gatsby. Pero Daisy le adivinó la intención.
—¡Basta, por favor! —lo interrumpió con un gesto de impotencia—. Por favor, vámonos a casa. ¿Por qué no nos vamos todos a casa?
—Es una buena idea. —Me levanté—. Vamos, Tom. A nadie le apetece una copa.
—Quiero saber lo que mister Gatsby tiene que decirme.
—Su mujer no lo quiere —dijo Gatsby—. Nunca lo ha querido. Me quiere a mÃ.
—¡Usted debe de estar loco! —exclamó Tom automáticamente.
Gatsby se puso en pie de un salto, tenso por la emoción.
—Nunca lo ha querido, ¿lo oye? —gritó—. Sólo se casó con usted porque yo era pobre y estaba cansada de esperarme. Fue un terrible error, pero en su corazón nunca ha querido a nadie, sólo a mÃ.