El Gran Gatsby
El Gran Gatsby En ese momento Jordan y yo intentamos irnos, pero Tom y Gatsby, compitiendo en firmeza, insistieron en que nos quedáramos, como si ninguno de los dos tuviera nada que esconder y fuera un privilegio compartir indirectamente sus emociones.
—Siéntate, Daisy. —Tom buscaba, sin éxito, un tono paternal—. ¿Qué ha pasado? Quiero saberlo todo.
—Ya le he dicho lo que ha pasado —dijo Gatsby—. Durante cinco años… Y usted no lo sabÃa.
Tom, cortante, se volvió hacia Gatsby.
—¿Llevas cinco años viendo a este tipo?
—Viendo, no —dijo Gatsby—. No, no podÃamos. Pero nos hemos querido durante todo ese tiempo, compañero, y usted no lo sabÃa. A veces me reÃa —pero no habÃa risa en sus ojos— al pensar que usted no lo sabÃa.
—Ah, eso es todo. —Tom unió sus dedos gordos como un sacerdote y se retrepó en el sillón—. ¡Está usted loco! —estalló—. No puedo hablar de lo que pasó hace cinco años, porque entonces yo no conocÃa a Daisy. Pero que me condene si entiendo cómo pudo usted acercarse a menos de un kilómetro de Daisy a no ser que llevara los ultramarinos a la puerta de servicio. Todo lo demás es una maldita mentira. Daisy me querÃa cuando se casó conmigo y me sigue queriendo.
—No —dijo Gatsby, moviendo la cabeza.