El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Me quiere, a pesar de todo. El problema es que a veces se le meten en la cabeza tonterÃas y no sabe lo que hace. —Tom asintió como un sabio—. Y, lo que es más, yo también quiero a Daisy. De vez en cuando me pego una juerga y me porto como un idiota, pero vuelvo siempre y, en lo más profundo de mi corazón, nunca he dejado de quererla.
—Eres repugnante —dijo Daisy. Se volvió hacia mÃ, y su voz, descendiendo una octava, llenó la habitación de emoción y desprecio—. ¿No sabes por qué nos fuimos de Chicago? Me asombra que no te hayan contado la historia de esa juerga.
Gatsby dio unos pasos y se puso a su lado.
—Daisy, todo eso ha terminado —dijo con pasión—. Ya no importa. Dile la verdad, que nunca lo has querido, y todo habrá acabado para siempre.
Daisy lo miró sin verlo.
—Pero ¿cómo, cómo habrÃa podido quererlo?
—Nunca lo has querido.
Daisy dudó. Nos miró a Jordan y a mà como suplicando, como si por fin se diera cuenta de lo que estaba haciendo, y como si nunca, durante todo aquel tiempo, hubiera tenido la menor intención de hacer nada. Pero ya estaba hecho. Era demasiado tarde.
—Nunca lo he querido —dijo con evidente reticencia.