El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Observé a Daisy, que clavaba los ojos, aterrada, en Gatsby o en su marido, y a Jordan, que habÃa empezado a mantener en equilibrio sobre el mentón un objeto invisible pero absorbente. Luego me volvà hacia Gatsby y me asustó su expresión. ParecÃa —y lo digo con absoluto desprecio hacia las calumnias que se oÃan en su jardÃn— haber matado a alguien. Por un momento la expresión de su cara habrÃa podido ser descrita de ese modo fantástico.
Pasó ese momento, y Gatsby empezó a hablar con Daisy muy nervioso, negándolo todo, defendiendo su nombre de acusaciones que nadie habÃa hecho. Pero a cada palabra ella iba refugiándose más en sà misma, y Gatsby se rindió, y sólo el sueño muerto siguió su combate mientras la tarde se desvanecÃa, tratando de alcanzar lo que ya no era tangible, peleando sin fortuna y sin desesperar, buscando la voz perdida al fondo de la habitación.
La voz volvió a suplicar que nos fuéramos.
—¡Por favor, Tom! No aguanto más.
Sus ojos asustados decÃan que todo su valor y todos sus propósitos, hubieran sido los que hubieran sido, habÃan desaparecido definitivamente.
—Volved a casa los dos, Daisy —dijo Tom—. En el coche de mister Gatsby.
Daisy miró a Tom, alarmada, pero él insistió con magnánimo desprecio: