El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Eran las siete cuando nos subimos en el cupé con Tom y salimos hacia Long Island. Tom no paraba de hablar y reÃr, exultante, pero su voz nos parecÃa tan remota a Jordan y a mà como el clamor de los extraños en las aceras o el estrépito del tren elevado sobre nuestras cabezas. La compasión tiene sus lÃmites, y nos alegrábamos de que las trágicas discusiones ajenas quedaran atrás y se desvanecieran como las luces de la ciudad. Treinta años: la promesa de una década de soledad, una lista menguante de solteros por conocer, una reserva menguante de entusiasmo, pelo menguante. Pero a mi lado estaba Jordan, que, a diferencia de Daisy, era demasiado lista para arrastrar de una época a otra sueños olvidados. Mientras atravesábamos el puente en penumbra su cara se apoyó pálida y perezosa en la hombrera de mi chaqueta y la presión tranquilizadora de su mano fue calmando el formidable golpe de los treinta años.
Asà seguimos el viaje hacia la muerte a través del atardecer, que empezaba a refrescar.