El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Disminuyó la velocidad, aunque aún no tenÃa intención de detenerse, hasta que, más cerca, las caras enmudecidas y reconcentradas de la gente en la puerta del garaje lo obligaron a frenar automáticamente.
—Vamos a echar un vistazo —dijo, inseguro—, sólo un vistazo.
Tomé conciencia en ese momento de un sonido sordo y quejumbroso que brotaba sin cesar del garaje, un sonido que, cuando nos bajamos del cupé y nos acercábamos a la puerta, se convirtió en las palabras «Dios mÃo, Dios mÃo», susurradas una y otra vez en una especie de estertor.
—Aquà ha pasado algo grave —dijo Tom, preocupado.
Se puso de puntillas para mirar por encima de un cÃrculo de cabezas el interior del garaje, iluminado por una solitaria luz amarilla que, protegida por una rejilla metálica, pendÃa del techo. Su garganta emitió entonces un sonido ronco y, a empujones, se abrió paso con la potencia de sus brazos.
El cÃrculo volvió a cerrarse entre un enérgico murmullo de protesta y por un momento no pude ver nada. Luego llegó más gente, se rompió la fila y, de pronto, a Jordan y a mà nos empujaron al interior.