El Gran Gatsby
El Gran Gatsby El cuerpo de Myrtle Wilson, cubierto por una manta sobre la que habÃan echado otra manta, como si hubiera sentido frÃo aquella noche de calor, yacÃa sobre una mesa de trabajo, junto a la pared, y Tom, dándonos la espalda, se inclinaba sobre él, inmóvil. A su lado un policÃa de tráfico, sudando y corrigiendo mucho, apuntaba nombres en un cuaderno. Al principio no podÃa localizar la fuente de las palabras y los gemidos agudos que resonaban clamorosamente en el garaje sin muebles, y luego vi a Wilson, en el umbral de su oficina, de pie en el único escalón, bamboleándose, agarrado a las jambas de la puerta con las dos manos. Un hombre le hablaba en voz baja y, de vez en cuando, intentaba ponerle una mano en el hombro, pero Wilson ni oÃa ni veÃa. Bajaba muy despacio los ojos, de la luz que pendÃa del techo a la mesa y su carga junto a la pared, para volver con un espasmo a la luz, sin dejar de emitir nunca su grito agudo y terrible:
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!
De pronto, como sobresaltado, Tom levantó la cabeza y, después de recorrer el garaje con una mirada vidriosa, le masculló algo incoherente al policÃa.
—Eme, a, uve… —decÃa el policÃa en ese momento—, o…
—No, erre… —corrigió el hombre—. Eme, a, uve, erre, o…
—¡Présteme atención! —murmuró Tom, feroz.