El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Erre… —dijo el policÃa—, o…
—Ge…
—Ge… —Alzó la mirada cuando la ancha mano de Tom cayó de repente sobre su hombro—. ¿Qué quiere, amigo?
—¿Qué ha pasado? Eso es lo que quiero saber.
—La pilló un coche. La mató en el acto.
—La mató en el acto —repitió Tom, con la mirada perdida.
—Salió corriendo a la carretera. Ese hijo de puta ni siquiera paró el coche.
—HabÃa dos coches —dijo Michaelis—. Uno que iba y otro que venÃa, ¿me entiende?
—¿Qué iba adónde? —preguntó el policÃa con mucho interés.
—Cada uno en una dirección. Bueno, ella… —La mano se levantó hacia las mantas pero se detuvo a medio camino y volvió a caer a lo largo del costado—. Ella salió corriendo y el coche que venÃa de Nueva York le dio de lleno. Iba a cincuenta o sesenta kilómetros por hora.
—¿Cómo se llama este sitio? —preguntó el agente.
—No tiene nombre.
Se acercó un negro pálido, bien vestido.
—Era un coche amarillo —dijo—, amarillo y grande. Nuevo.