El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Estaban tristes, y no habían tocado ni el pollo ni la cerveza, pero no se sentían desdichados. Había en la escena un aire de intimidad, de naturalidad, y cualquiera los hubiera tomado por dos conspiradores.
Cuando salía de puntillas del porche, oí mi taxi, que se acercaba a la casa por la carretera a oscuras. Gatsby esperaba en el sendero, donde lo dejé.
—¿Está todo tranquilo? —me preguntó, preocupado.
—Sí, está todo tranquilo. —Titubeé—. Sería mejor que te vinieras a casa, a dormir.
Dijo que no con la cabeza.
—Esperaré aquí hasta que Daisy se acueste. Buenas noches, compañero.
Metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y volvió a escudriñar celosamente la casa, como si mi presencia manchara lo sagrado de su misión de centinela. Así que me fui y lo dejé allí, a la luz de la luna, vigilando la nada.