El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Toda la noche, si es necesario. Por lo menos, hasta que se acuesten todos.
Vi entonces el asunto desde otra perspectiva. Supongamos que Tom descubrÃa que la que conducÃa era Daisy. PodÃa intuir alguna conexión, cualquier cosa… Miré hacia la casa; habÃa dos o tres ventanas con luz y, en el segundo piso, el resplandor rosa de la habitación de Daisy.
—Espera aquà —le dije a Gatsby—. Voy a ver si hay alguna señal de jaleo.
Volvà bordeando el césped, crucé sin hacer ruido el sendero de grava y subà de puntillas los escalones de la galerÃa. Las cortinas de la sala de estar estaban abiertas y comprobé que no habÃa nadie en la habitación. Pasando el porche donde habÃamos cenado aquella noche de junio tres meses antes, llegué a un pequeño rectángulo de luz que imaginé la ventana de la antecocina. La persiana estaba echada, pero descubrà una rendija en el alféizar.
Daisy y Tom se sentaban a la mesa de la cocina, uno frente al otro, con un plato de pollo frÃo entre los dos y dos botellas de cerveza. Él hablaba con absoluta concentración y, muy serio, apoyaba la mano en la mano de Daisy, cubriéndosela. De vez en cuando ella levantaba la vista, lo miraba y asentÃa con la cabeza.