El Gran Gatsby
El Gran Gatsby La casa no me habÃa parecido nunca tan enorme como aquella madrugada, cuando nos lanzamos a la caza de cigarrillos por las habitaciones inmensas. Descorrimos cortinas que eran como carpas y buscamos a tientas interruptores de la luz por innumerables metros de paredes en tinieblas. Me caà una vez escandalosamente sobre el teclado de un piano fantasma. El polvo lo cubrÃa todo de un modo inexplicable, y las habitaciones olÃan a cerrado como si no las ventilaran desde hacÃa muchos dÃas. Encontré el estuche del tabaco en una mesa en la que nunca habÃa estado, con sólo dos cigarrillos amarillentos y secos. Abrimos las cristaleras del salón y nos sentamos a fumar en la oscuridad.
—DeberÃas irte —le dije—. Localizarán el coche, seguro.
—¿Irme precisamente ahora, compañero?
—A Atlantic City una semana, o incluso a Montreal.
No querÃa ni pensarlo. No podÃa separarse de Daisy antes de saber lo que ella iba a hacer. Se aferraba a una última esperanza y yo no me sentÃa capaz de zarandearlo hasta liberarlo.