El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Los escarabajos, pardos y duros, seguÃan produciendo un ruido sordo cuando chocaban contra la pobre luz eléctrica, y cada vez que Michaelis oÃa pasar un coche a toda velocidad por la carretera creÃa oÃr el coche que no habÃa parado unas horas antes. No le gustaba entrar en el garaje porque, sobre la mesa, en el sitio donde habÃa yacido el cadáver, se veÃa una mancha, asà que no dejaba de dar vueltas, incómodo, por la oficina —antes de que se hiciera de dÃa ya se habÃa aprendido cada uno de los objetos que habÃa dentro— y de cuando en cuando se sentaba con Wilson e intentaba tranquilizarlo.
—¿Tienes alguna iglesia a la que vayas alguna vez, George, aunque haga mucho que no vas? Yo podrÃa llamar para que viniera un sacerdote a hablar contigo, ¿no?
—No pertenezco a ninguna iglesia.
—DeberÃas tener una iglesia, George, para ocasiones como esta. Alguna vez habrás ido a la iglesia. ¿No te casaste en una iglesia? Escucha, George, escúchame. ¿No te casaste en una iglesia?
—De eso hace mucho tiempo.
El esfuerzo para responder rompió el ritmo de su balanceo: calló un momento. Luego los ojos desvaÃdos recuperaron su expresión entre astuta y desconcertada.
—Mira en ese cajón —dijo, señalando al escritorio.