El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —¿En qué cajón?
—En ese, en el único que hay.
Michaelis abrió el cajón que tenía más cerca. Lo único que había dentro era una correa de perro, muy cara, de piel con adornos de plata. Parecía nueva.
—¿Esto? —preguntó, levantándola.
Wilson la miró fijamente y asintió.
—La encontré ayer por la tarde. Ella trató de explicármelo, pero yo me di cuenta de que había algo raro.
—¿Quieres decir que la compró tu mujer?
—La guardaba en el tocador, envuelta en papel de seda.
Michaelis no veía nada raro y le dio a Wilson una serie de razones por las que su mujer podía haber comprado la correa de perro. Pero no era difícil imaginar que Wilson ya había oído antes alguna de esas explicaciones, y precisamente a Myrtle, porque empezó otra vez a murmurar «Dios mío, Dios mío», y el amigo que lo consolaba dejó varias explicaciones en el aire.
—Luego la mató —dijo Wilson. La boca se le abrió de repente.
—¿Quién la mató?
—Sé cómo averiguarlo.
—No seas morboso, George —dijo su amigo—. Has tenido que soportar una tensión muy fuerte y no sabes lo que dices. Es mejor que descanses hasta mañana.