El Gran Gatsby
El Gran Gatsby En ese momento una voz, inequÃvocamente la de mister Wolfshiem, gritó «¡Estella!» al otro lado de la puerta.
—Déjeme su nombre en la mesa —dijo ella—. Le daré el recado en cuanto vuelva.
—Pero sé que está aquÃ.
Dio un paso hacia mà y empezó a pasarse las manos por las caderas, arriba y abajo.
—Ustedes, los jóvenes, se creen que pueden entrar aquà cuando les da la gana —me regañó—. Y nos tienen hartos, hasta la náusea. Cuando digo que está en Chicago, está en Chicago.
Mencioné a Gatsby.
—Ah. —Volvió a mirarme—. PodrÃa… ¿Me repite su nombre?
Se esfumó. Al instante apareció solemnemente en la puerta Meyer Wolfshiem, tendiéndome las dos manos. Me hizo entrar en su despacho mientras comentaba con voz reverente que era un momento muy triste para todos nosotros, y me ofreció un cigarro.