El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —La memoria me lleva al dÃa en que lo conocà —dijo—. Un mayor, muy joven, recién licenciado y cubierto de medallas que habÃa ganado en la guerra. No tenÃa ni un centavo: seguÃa usando el uniforme porque no tenÃa dinero para comprarse ropa. Lo vi por primera vez en los billares de Winebrenner, en la calle Cuarenta y tres, donde entró a pedir trabajo. No comÃa desde hacÃa dos dÃas. «Véngase a almorzar conmigo», le dije. Devoró más de cuatro dólares de comida en media hora.
—¿Lo introdujo usted en los negocios?
—¡Introducirlo! Yo lo hice un hombre de negocios.
—Ah.
—Lo saqué de la nada, directamente del arroyo. Me di cuenta enseguida de que era un joven con buena apariencia y aires de señor, y cuando me dijo que habÃa estado en Oggsford supe que podÃa serme muy útil. Le aconsejé que se afiliara a la Legión Americana, donde estaba muy bien considerado. Hizo entonces un trabajo para uno de mis clientes, en Albany. Estábamos asà de unidos —levantó dos dedos bulbosos—, siempre juntos.
Me pregunté si aquella sociedad habrÃa incluido la operación de las Grandes Ligas de béisbol en 1919.
—Y ahora está muerto —dijo al cabo de unos segundos—. Usted era su amigo más Ãntimo, asà que sé que quiere que vaya al funeral esta tarde. Me gustarÃa ir.