El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Muy bien, entonces venga.
Los pelos de sus orificios nasales vibraron ligeramente y, mientras decÃa no con la cabeza, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No puedo… No puedo mezclarme en eso —dijo.
—No hay nada en lo que mezclarse. Ya todo ha terminado.
—Cuando matan a un hombre, no me gusta mezclarme. Me mantengo al margen. Cuando era joven, era distinto: si morÃa un amigo, y no importa cómo, seguÃa a su lado hasta el final. Quizá le parezca sentimental, pero hablo en serio: hasta el final, por amargo que fuera.
Vi que, por alguna razón particular, habÃa decidido no asistir al funeral, asà que me puse de pie.
—¿Ha ido usted a la universidad? —preguntó de improviso.
Por un momento pensé que iba a proponerme una «coneggsión», pero se limitó a asentir y estrecharme la mano.
—Tenemos que aprender a demostrarle nuestra amistad a un hombre cuando está vivo y no después de muerto —sugirió—. Después mi regla es no mover las cosas.