El Gran Gatsby
El Gran Gatsby HabÃa algo patético en su concentración, como si su suficiencia, más profunda que nunca, ya no le bastara. Cuando, casi inmediatamente, sonó el teléfono dentro de la casa y el mayordomo salió del porche, Daisy aprovechó el momento de pausa y se inclinó hacia mÃ.
—Voy a contarte un secreto de familia —murmuró con entusiasmo—. Es sobre la nariz del mayordomo. ¿Quieres saber la historia de la nariz del mayordomo?
—Para eso he venido esta noche.
—Bueno, no ha sido siempre mayordomo; solÃa limpiarle la plata a cierta gente de Nueva York que tenÃa una cuberterÃa de plata para doscientas personas. Se pasaba limpiándola de la mañana a la noche, hasta que empezó a afectarle a la nariz…
—Las cosas fueron de mal en peor —sugirió miss Baker.
—SÃ. Las cosas fueron de mal en peor, hasta que por fin tuvo que dejar el trabajo.
Por un instante, con romántico afecto, la última luz del sol le dio en la cara, resplandeciente; su voz me obligó a inclinarme hacia ella mientras la escuchaba sin respirar. Y luego el resplandor desapareció, cada una de las luces la fue abandonando con pesar, sin querer irse, como esos niños que tienen que dejar al anochecer el placer de la calle.