El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Daisy puso la cara entre las manos como para sentir sus rasgos perfectos, y su mirada se perdió poco a poco en la oscuridad de terciopelo. Me di cuenta de que la dominaba la fuerza de sus emociones y, pensando que asà la tranquilizarÃa, le pregunté por la niña.
—Tú y yo no nos conocemos demasiado, Nick —dijo de pronto—. Aunque seamos primos. No fuiste a mi boda.
—No habÃa vuelto de la guerra.
—Es verdad. —Dudó—. Bueno, lo he pasado mal, Nick, y me he vuelto una cÃnica.
TenÃa, evidentemente, razones para serlo. Esperé, pero no dijo nada más, y al cabo de un momento volvà sin demasiada convicción al tema de su hija.
—Supongo que habla y… come, y esas cosas.
—Ah, sà —me miró, ausente—. Oye, Nick; deja que te cuente lo que dije cuando nació. ¿Quieres saberlo?
—Por supuesto.