El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Muy romántico —respondió Tom antes de dirigirse a mà con tono abatido—. Si todavÃa hay luz después de la cena, me gustarÃa llevarte a las cuadras.
El teléfono sonó dentro de la casa como una alarma y, mientras Daisy negaba rotundamente con la cabeza mirando a Tom, la idea de las cuadras, y todas las ideas, se desvanecieron en el aire. Entre los fragmentos rotos de los últimos cinco minutos en la mesa, recuerdo que habÃan vuelto a encender las velas, quién sabe para qué, y que tenÃa conciencia de querer mirar a fondo a todos, y que, sin embargo, evitaba mirar a nadie. Era incapaz de adivinar lo que pensaban Daisy y Tom, pero tampoco estaba seguro de que miss Baker, que parecÃa en posesión de un escepticismo inquebrantable, pudiera obviar la perentoriedad estridente y metálica de la quinta comensal. Para ciertos temperamentos la situación quizá resultara sugestiva. Mi instinto me pedÃa llamar inmediatamente a la policÃa.
Nadie, es innecesario decirlo, volvió a mencionar los caballos. Tom y miss Baker, separados por un metro de crepúsculo, se dirigieron a la biblioteca, como a velar un cadáver perfectamente tangible, mientras, intentando parecer gratamente interesado y un poco sordo, yo seguÃa a Daisy a través de una serie de galerÃas que partÃan del porche. Nos sentamos en la penumbra, en un sofá de mimbre.