El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Calle. Quiero enterarme de lo que pasa.
—¿Pasa algo? —pregunté inocentemente.
—¿Está diciéndome que no lo sabe? —dijo miss Baker, sorprendida de verdad—. Yo creÃa que lo sabÃa todo el mundo.
—Yo no.
—Ah… —dijo, dubitativa—. Tom tiene una mujer, en Nueva York.
—¿Una mujer? —repetà sin comprender.
Miss Baker asintió.
—PodrÃa tener la decencia de no llamarlo a la hora de la cena. ¿No cree?
Casi antes de que captara el sentido de sus palabras, nos llegó el frufrú de un vestido y el crujir de unas botas de cuero, y Tom y Daisy estaban de vuelta a la mesa.
—¡Era inevitable! —exclamó Daisy con una alegrÃa forzada.
Se sentó, miró escrutadoramente a miss Baker y luego a mÃ, y continuó:
—Me he asomado un momento al jardÃn. ¡Qué romántico! Hay un pájaro en el césped que debe de ser un ruiseñor llegado en un transatlántico de la compañÃa Cunard o de la White Star Line. Está cantando… —Y su voz cantó—: ¿No te parece romántico, Tom?