El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Ahora sabÃa por qué su cara me resultaba familiar: aquella expresión agradable y desdeñosa me habÃa mirado desde muchas fotografÃas en huecograbado en las páginas de noticias sobre la vida deportiva en Asheville, Hot Springs y Palm Beach. También me habÃan llegado chismes sobre ella, una historia negativa y desagradable, de la que me habÃa olvidado hacÃa tiempo.
—Buenas noches —dijo en voz baja—. ¿Te importarÃa despertarme a las ocho?
—Si piensas levantarte.
—Pienso levantarme. Buenas noches, mister Carraway. Nos veremos pronto.
—Claro que os veréis pronto —confirmó Daisy—. E incluso pienso organizar una boda. Ven a menudo, Tom, y ya veré yo…, ay, cómo juntaros. Ya sabes… Encerraros sin querer en un armario, o lanzaros al mar en un bote, cosas asÃ…
—Buenas noches —dijo miss Baker desde la escalera—. No he oÃdo ni una palabra.
—Es una chica estupenda —dijo Tom al cabo del rato—. No deberÃan dejarla viajar asà por el paÃs.
—¿Quién no deberÃa? —preguntó Daisy, frÃa.
—Su familia.