El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Es verdad —corroboró Tom con calor—. Nos han dicho que te habÃas prometido.
—Es mentira. Soy demasiado pobre.
—Pues nos lo han dicho —insistió Daisy y, para mi sorpresa, volvÃa a abrirse como una flor—. Nos lo han dicho tres personas, asà que tiene que ser verdad.
Yo sabÃa, por supuesto, a qué se referÃan, pero no estaba ni vagamente prometido. El hecho de que los cotilleos hubieran dado por publicadas las amonestaciones fue una de las razones de que me fuera al Este. No se puede dejar de salir con una vieja amiga por culpa de las habladurÃas, y, por otra parte, tampoco tenÃa intención de casarme por lo que dijeran unos y otros.
El interés de Tom y Daisy me conmovió bastante: me parecieron más cercanos, menos remotamente ricos. Sin embargo, ya en el coche, me sentÃa confuso y un poco disgustado. Pensaba que la obligación de Daisy era salir corriendo de la casa con la niña en brazos, aunque, por lo visto, no tenÃa la menor intención de hacer tal cosa. En cuanto a Tom, que tuviera «una mujer en Nueva York» era menos sorprendente que el hecho de que un libro lo hubiera deprimido tanto. Algo lo llevaba a roer lo más superficial de unas cuantas ideas rancias como si su egoÃsmo, fÃsico, rotundo, ya no bastara para alimentar a su corazón apremiante.