El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Eran las nueve, y casi inmediatamente miré el reloj y vi que eran las diez. Mister McKee se habÃa quedado dormido en su silla, con los puños cerrados sobre el regazo. ParecÃa la foto de un hombre de acción. Cogà el pañuelo y le limpié de la mejilla la espuma de afeitar seca que me habÃa inquietado toda la tarde.
El perrillo miraba desde encima de la mesa, cegado por el humo, y de vez en cuando gemÃa débilmente. La gente desaparecÃa, reaparecÃa, hacÃa planes para ir a algún sitio, y entonces se perdÃa, se buscaba, se encontraba a un metro de distancia. En torno a la medianoche Tom Buchanan y mistress Wilson, de pie, cara a cara, discutieron apasionadamente si mistress Wilson tenÃa derecho a pronunciar el nombre de Daisy.
—¡Daisy! ¡Daisy! ¡Daisy! —gritó mistress Wilson—. ¡Lo diré todas las veces que me dé la gana! ¡Daisy! ¡Dai…!
Con un movimiento seco y expeditivo, Tom Buchanan le rompió la nariz con la mano abierta.