El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Fue en esos dos asientos pequeños, uno frente a otro, que siempre son los últimos que quedan libres en el tren. Iba a Nueva York a ver a mi hermana y a pasar la noche. Tom iba vestido de etiqueta, con zapatos de charol, y yo no podÃa quitarle los ojos de encima, pero, si él me miraba, fingÃa leer el anuncio que habÃa más arriba de su cabeza. Cuando llegamos a la estación, lo sentà cerca, y la pechera blanca de su camisa me oprimÃa el brazo, asà que le dije que iba a llamar a un policÃa, pero él sabÃa que no era verdad. Yo estaba tan excitada cuando me subà con él al taxi que apenas si me di cuenta de que no tomaba el metro. Lo único que pensaba, una y otra vez, era: «No vas a vivir eternamente; no vas a vivir eternamente».
Se volvió hacia mistress McKee y resonó en la habitación su risa artificial.
—Tesoro —exclamó—, te regalaré el vestido en cuanto me lo quite. Mañana pienso comprarme otro. Voy a hacer una lista de todas las cosas que necesito. Un masaje y una permanente, un collar para el perro, uno de esos ceniceros tan lindos con un dispositivo para tragarse la ceniza, y una corona con lazo de seda negro para la tumba de mi madre, que dure todo el verano. Voy a hacer una lista con todas las cosas que tengo pendientes para que no se me olviden.