El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Dando por sentado nuestro escepticismo, se precipitó hacia los estantes y volvió con el primer volumen de las Conferencias de Stoddard[10].
—¡Miren! —exclamó triunfalmente—. Es una pieza auténtica de material impreso. HabÃa conseguido engañarme. Este tipo es un verdadero Belasco[11]. ¡Qué triunfo! ¡Qué meticulosidad! ¡Qué realismo! Y también supo dónde pararse: las páginas están sin cortar, sin abrir. ¿Pero qué esperaban ustedes? ¿Qué querÃan?
Me arrebató el libro y lo devolvió corriendo a su estante, murmurando que si quitáramos un ladrillo toda la biblioteca podrÃa venirse abajo.
—¿Quién les ha traÃdo? —preguntó—. ¿O ustedes han venido por su cuenta? A mà me han traÃdo. A casi todo el mundo lo traen.
Jordan lo miraba muy atenta, feliz, sin responder.
—A mà me ha traÃdo una mujer que se llama Roosevelt —continuó—. Mistress Claud Roosevelt. ¿No la conocen? Yo la conocà anoche, no sé dónde. Llevo casi una semana borracho, y pensé que sentarme un rato en una biblioteca a lo mejor me despejaba.
—¿Ha funcionado?
—Un poco, sÃ, creo. TodavÃa es pronto para decirlo. Sólo llevo aquà una hora. ¿Les he dicho lo de los libros? Son de verdad. Son…
—Nos lo ha dicho.