El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Le estrechamos la mano solemnemente y salimos.
Ahora bailaban en la pista del jardÃn: viejos que empujaban a las chicas en desangelados cÃrculos eternos, parejas de clase alta que se abrazaban tortuosamente, a la moda, sin salir nunca de los rincones, y muchas chicas que bailaban solas y de vez en cuando relevaban al banjo o al percusionista de la orquesta. A medianoche habÃa aumentado la alegrÃa. Un famoso tenor cantó en italiano, una contralto muy conocida cantó jazz, y entre número y número la gente montaba su propio espectáculo sensacional en cualquier sitio del jardÃn, mientras estallaban las risas y, vacÃas y felices, subÃan al cielo de verano. Dos actrices gemelas, que resultaron ser las chicas de amarillo, se disfrazaron de niñas para su actuación, y el champagne fue servido en copas más grandes que lavafrutas. La luna estaba más alta y sobre el estrecho flotaba un triángulo de escamas de plata, que temblaba ligeramente con el repiqueteo seco y metálico de los banjos en el jardÃn.
Yo seguÃa con Jordan Baker. Estábamos en una mesa con un hombre más o menos de mi edad y una chiquilla que armaba mucho ruido y a la menor provocación daba rienda suelta a unas carcajadas incontrolables. Me divertÃa. Me habÃa bebido dos lavafrutas de champagne y la escena se habÃa convertido ante mis ojos en algo importante, elemental y profundo.