El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Pero ¿cómo ha sido? ¿Ha chocado con la pared?
—No me lo pregunte —dijo Ojos de Búho, lavándose las manos a propósito del accidente—. No tengo mucha idea de lo que es conducir, casi ninguna. Ha sido, y eso es todo lo que sé.
—Pues si no conduce bien, no deberÃa conducir de noche.
—Pero si no sé conducir —respondió, indignado—. No he conducido en mi vida.
Un silencio reverencial envolvió a los mirones.
—¿Quiere suicidarse?
—¡Tiene suerte de que sólo haya sido una rueda! ¡No sabe conducir! ¡Ni siquiera habÃa cogido un coche en su vida!
—No me entienden —explicó el criminal—. Yo no conducÃa. Hay otro hombre en el coche.
La impresión que provocó esta declaración se dejó oÃr en un «Ahhh» inacabable mientras la puerta del coche se abrÃa muy despacio. La multitud —era ya una multitud— retrocedió instintivamente, y cuando la puerta acabó de abrirse se produjo un silencio espectral. Entonces, muy poco a poco, por partes, un individuo pálido y bamboleante salió del coche siniestrado, tanteando sin mucha seguridad el suelo con un descomunal zapato de baile.