Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Fuera, la oscuridad era ya completa y Anthony se preguntó si su apartamento había parecido gris alguna vez: tan cálidos y amistosos eran los libros y los cuadros en las paredes, y el bueno de Bounds ofreciendo el té desde una respetuosa penumbra, y tres personas tan agradables derramando oleadas de interés y de risas a un lado y otro de un fuego tan alegre.

Insatisfacción

El jueves por la tarde Gloria y Anthony tomaron juntos el té en la parrilla del Plaza. El traje con adornos de miss Gilbert era gris —«porque con gris hay que ponerse mucho maquillaje», le explicó ella— y llevaba además un sombrerito graciosamente inclinado, que permitía flamear en toda su gloria a algunos de sus rizos dorados. Bajo aquella luz más fuerte a Anthony le parecía que su personalidad era infinitamente más dulce: Gloria parecía muy joven, apenas cumplidos los dieciocho; su silueta, bajo la ajustada envoltura que la cubría —conocida por entonces como falda de medio paso—, era asombrosamente flexible y esbelta, y sus manos, ni «artísticas» ni rechonchas, eran tan pequeñas como las manos de una niña.



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