Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pero al preguntar en el mostrador del hotel, solo supieron darles razón de dos «conciertos» para el domingo por la noche.
—Son siempre los mismos —se quejó ella amargamente—; los mismos viejos comediantes con acento y yiddish. ¡Vayamos a algún otro sitio!
Para ocultar la desagradable sospecha de que tendrÃa que haber organizado algún espectáculo para lograr la aprobación de Gloria, Anthony adoptó un aire de despreocupada suficiencia.
—Iremos a un buen cabaret.
—He estado en todos los de la ciudad.
—Bueno, encontraremos uno nuevo.
Gloria estaba de pésimo humor; eso era evidente. Sus ojos grises eran realmente de granito en aquel momento. Cuando no hablaba, se limitaba a mirar hacia delante, como si contemplara alguna desagradable abstracción localizada en el vestÃbulo del hotel.
—De acuerdo, vámonos entonces.