Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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En varias ocasiones almorzaron y tomaron juntos el té, pero los almuerzos eran siempre con prisas y, al menos para Anthony, oportunidades bastante poco satisfactorias, porque Gloria tenía los ojos cargados de sueño y se mostraba muy poco interesada, incapaz de concentrarse en nada ni de seguir el hilo de las observaciones que hacía su acompañante. Cuando al cabo de dos o tres comidas incoloras, Anthony acusó a la muchacha de ofrecerle tan solo los despojos del día, ella se echó a reír y accedió a que tomaran el té juntos tres días más tarde. Aquello resultó infinitamente más satisfactorio.

Un domingo por la tarde, justo antes de Navidad, Anthony fue a visitarla y la encontró en la pasajera calma inmediatamente posterior a una importante pero misteriosa pelea: Gloria le informó en un tono de voz mitad iracundo y mitad humorístico que acababa de expulsar a un hombre de su apartamento —aquí Anthony se dedicó a hacer las cábalas más frenéticas—, que la persona en cuestión iba a dar una cena íntima en su honor aquella misma noche y que, por supuesto, no tenía intención de asistir. De manera que Anthony la llevó a cenar.

—¡Vayamos a ver algo! —propuso ella mientras bajaban en el ascensor—. Me apetece un espectáculo. ¿A ti no?


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