Hermosos y malditos

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Los ojos de la muchacha brillaron con más fuerza, y Anthony aguardó a que hiciera algún otro comentario sobre aquel tema. Al menos había conseguido provocar sus confidencias… Anthony se inclinó ligeramente hacia delante para no perderse sus palabras.

Pero lo que dijo fue «¡Vamos a bailar!».

Admiración

Aquella tarde de invierno en el Plaza marcó el comienzo de una serie de «citas» que Anthony concertó con Gloria en los confusos y estimulantes días que precedieron a la Navidad. Miss Gilbert estaba invariablemente ocupada. Anthony tardó mucho tiempo en descubrir cuál era el particular estrato de la vida social de la ciudad que la reclamaba. Era un detalle que parecía tener muy poca importancia. Gloria asistía a bailes de caridad semipúblicos en los grandes hoteles; Anthony la vio varias veces en las cenas de Sherry’s, y una vez, mientras esperaba a que se vistiese, mistress Gilbert, a propósito de la costumbre de «salir» de su hija, le recitó un asombroso programa para las vacaciones que incluía media docena de bailes a los que también Anthony estaba invitado.


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