Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Bueno —admitió él, como disculpándose—, yo tampoco, claro está, pero…
—Lo único que noto de las personas —continuó ella— es si parecen estar bien donde se hallan y encajan en la escena. No me importa que no hagan nada. No veo por qué tendrÃan que hacerlo; de hecho, siempre me asombra que alguien haga algo.
—¿Tú no deseas hacer nada?
—Quiero dormir.
Anthony se sobresaltó por un instante, como si Gloria hubiese dicho aquello literalmente.
—¿Dormir?
—Algo asÃ. Solo quiero vivir indolentemente y que algunas de las personas a mi alrededor estén haciendo cosas, porque eso hace que me sienta cómoda y segura… y también quiero que otras no hagan nada, para que puedan ser elegantes y me hagan compañÃa. Pero nunca quiero cambiar a la gente ni acalorarme por causa suya.
—Eres una determinista muy peculiar —rio Anthony—. El mundo es tuyo, ¿no es eso?
—Bueno… —dijo ella, alzando los ojos muy deprisa—, ¿no crees que s� Mientras sea… joven.
Gloria habÃa hecho una breve pausa antes de la última palabra y Anthony sospechó que habÃa empezado a decir «hermosa». Sin duda alguna era esa su intención.