Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Pero la mente de la muchacha había abandonado aquel tema, trasladándose diez pisos más arriba.

—Mi padre está enfadado conmigo — hizo notar desapasionadamente.

—¿Por qué? Pero antes quiero saber por qué es imposible para un americano ser elegantemente perezoso. —Las palabras de Anthony fueron ganando convicción—. Me sorprende muchísimo. Es…, es… no entiendo por qué la gente piensa que todos los jóvenes tienen que venir al centro y trabajar diez horas diarias durante los mejores veinte años de su vida para llevar a cabo tareas aburridas sin pizca de imaginación y en ningún caso altruistas.

Anthony se interrumpió. Ella lo contemplaba con ojos insondables. Estuvo esperando a que se mostrara de acuerdo o disintiera, pero Gloria no hizo ni lo uno ni lo otro.

—¿Nunca haces juicios acerca de las cosas? —le preguntó finalmente, algo exasperado.

La muchacha movió la cabeza y sus ojos contemplaron de nuevo la pista de baile mientras contestaba:

—No lo sé. No sé nada sobre… lo que debas hacer o sobre lo que deba hacer cualquier otra persona.

Su respuesta lo dejó confundido, impidiendo el flujo de sus ideas. Dar expresión a los propios pensamientos nunca le había parecido a Anthony tan deseable y tan imposible al mismo tiempo.


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