Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Aquellas palabras le ganaron inmediatamente la atención de Gloria. Dio claramente la espalda a los que bailaban, se acomodó en el asiento y preguntó:

—¿A qué te dedicas tú?

Gracias al cóctel que había tomado, a Anthony le agradó la pregunta. Tenía ganas de hablar y, además, deseaba causar impresión en aquella muchacha cuyo interés parecía tan exasperantemente escurridizo, en aquella muchacha que se detenía a ramonear en inesperados pastos y que pasaba a toda prisa sobre lo evidente aunque pareciera no serlo. Anthony quería exhibirse. Aparecer repentinamente ante ella con nuevos y heroicos colores. Sacarla de la indiferencia que manifestaba hacia todas las cosas con excepción de sí misma.

—No hago nada —empezó, dándose cuenta al mismo tiempo de que a sus palabras iba a faltarles el aire desenvuelto que anhelaba para ellas—. No hago nada, porque nada de lo que pueda hacer merece la pena.

—¿Bien? —No la había sorprendido, y ni siquiera interesado, pero sin duda le había entendido, si es que en realidad Anthony había dicho algo que mereciera entenderse.

—¿No te parecen bien los hombres perezosos?

Gloria movió la cabeza afirmativamente.

—Imagino que sí, si son elegantemente perezosos. ¿Es eso posible para un americano?

—¿Por qué no? —preguntó él, desconcertado.


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