Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Voy a volver a tener esa edad. No me gusta tener veintidós. Es lo que más odio en el mundo.
—¿Tener veintidós años?
—No. Hacerme vieja y todo eso. Casarme.
—¿No quieres casarte nunca?
—No quiero responsabilidades ni tener que cuidar a un montón de niños.
Evidentemente Gloria no albergaba dudas de que todo lo que salía de sus labios era siempre bien recibido. Anthony esperó, casi conteniendo la respiración, a que dijera algo más, suponiendo que seguiría hablando de lo mismo. Su sonrisa era amable pero distante, y al cabo de unos momentos, de sus labios cayeron media docena de palabras en el espacio que los separaba:
—Me gustaría tener pastillas de goma.
—¡Las tendrás! —Anthony llamó a un camarero y le mandó por ellas.
—¿Te importa? Me encantan las pastillas de goma. Todo el mundo me toma el pelo porque siempre estoy masticando alguna… cuando mi padre no está delante.
—En absoluto… ¿Quiénes son todos estos chicos? —preguntó de repente—. ¿Los conoces a todos?
—¿Por qué? No, pero son de… bueno, de todas partes, supongo. ¿No vienes nunca aquí?
—Raras veces. Las «chicas de buena familia» no me interesan especialmente.