Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Fascinados, Anthony y Gloria contemplaron cómo la muchacha se sentaba y conseguía irradiar la impresión de que solo estaba condescendientemente presente. Para mí, decían sus ojos, esto es prácticamente una expedición a los barrios bajos, y exige inevitablemente risas de menosprecio y una actitud como de disculpa.

Y las otras mujeres también irradiaban apasionadamente la impresión de que a pesar de estar en una multitud no formaban parte de ella. Aquel no era el tipo de local al que estaban acostumbradas; habían entrado allí porque estaba a mano y resultaba conveniente: todos los grupos del restaurante irradiaban la misma impresión… quizá no fuera del todo falsa. Todos ellos cambiaban constantemente de clase: las mujeres casándose mejor de lo que presagiaban sus escasas oportunidades, los hombres hallando de repente una veta de opulencia mediante una campaña publicitaria suficientemente absurda o la divinización de un cucurucho para helados. Mientras tanto, se reunían allí para comer, cerrando los ojos al significado de indicios tales como el infrecuente cambio de los manteles, la indiferencia de los músicos y actores del cabaret, y sobre todo del descuido en la forma de hablar y exceso de familiaridad por parte de los camareros. Era evidente que aquellos camareros no tenían en gran estima a sus clientes. Uno tenía la impresión de que muy pronto se sentarían con ellos a la mesa…

—¿Te parece mal esto? —preguntó Anthony.


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