Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A estos cabarets chillones se les ponen nombres de coche cama. ¡El Marathon! No son para ellos los símiles salaces que proporcionan los cafés de París. Aquí es donde una dócil clientela trae a sus «chicas decentes», cuya famélica imaginación les predispone a creer gustosamente que el escenario es comparativamente alegre y bullicioso, e incluso hasta un poquito inmoral. ¡Esto es vivir! ¿A quién puede preocuparle el mañana?
¡Pobres gentes abandonadas!
Anthony y Gloria se sentaron y miraron a su alrededor. En la mesa vecina, a un grupo de cuatro se estaba incorporando otro de tres, dos hombres y una muchacha que llegaban evidentemente tarde; y los modales de la chica permitían hacer todo un estudio de sociología nacional. Le estaban presentando a los otros hombres, y fingía de la manera más desesperada. Mediante gestos, palabras y movimientos apenas perceptibles de los párpados fingía pertenecer a una clase un poco superior a aquella con la que ahora tenía que relacionarse; daba a entender que muy poco antes había formado parte de una atmósfera más elevada y selecta y que muy pronto volvería a esa situación superior. Resultaba casi penosamente refinada, y llevaba un sombrero del año anterior, cubierto con violetas tan anhelantemente pretenciosas y palpablemente artificiales como ella misma.