Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Circula un rumor, y en el sitio discretamente mencionado se reúnen —los sábados y domingos por la noche— las clases bajas en reservas morales: los hombrecillos angustiados que las historietas de los periódicos designan como «el Consumidor» o «el Público». Previamente se han asegurado de que el lugar reúne estas tres condiciones: es barato; imita con una especie de rutinaria y vulgar nostalgia las resplandecientes decoraciones de los grandes cafés del distrito teatral; y, lo más importante, es un sitio adecuado para «llevar a una chica decente», lo que quiere decir, por supuesto, que todos ellos —gracias a la falta de dinero y de imaginación— se han convertido en seres igualmente inofensivos, tÃmidos y carentes de interés.
Ahà se reúnen los domingos por la noche gentes crédulas, sentimentales, mal pagadas y que trabajan más de la cuenta: contables, oficinistas, vendedores, empleados de telégrafos, empleados de correos, empleados de banco, dependientes de tiendas de comestibles… Con ellos están sus mujeres, que rÃen como colegialas, gesticulan exageradamente y resultan patéticamente presuntuosas; que engordarán en su compañÃa, les darán demasiados hijos y flotarán desvalidas y descontentas sobre un incoloro océano de tareas monótonas y esperanzas perdidas.