Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Gloria habló de nuevo, desde el centro de aquella ilusión suya que lo llenaba todo. Anthony se sintió lleno de asombro. Era como oÃr una blasfemia de la boca de un niño. —Soy como ellos; soy como las linternas japonesas y las tiras de papel, y como la música de esa orquesta.
—¡Eres una joven estúpida! —exclamó él con vehemencia.
—No, no es cierto. Soy como ellos… TendrÃas que verme… No me conoces. — Gloria vaciló y sus ojos se volvieron hacia él, deteniéndose bruscamente, como finalmente sorprendida de verlo all×. Tengo una veta de eso que tú llamarÃas mezquindad. No sé de dónde procede, pero está ahÃ… cosas como esta y colores vistosos y vulgaridad chillona. Este parece ser mi sitio. Esas personas podrÃan apreciarme y considerarme como una más, y esos hombres se enamorarÃan de mà y me admirarÃan, mientras que los tipos inteligentes que conozco se limitan a analizarme y a decir que soy esto por esta razón o que soy aquello por aquella otra razón.
Anthony, de momento, deseaba pintarla más que ninguna otra cosa, fijarla tal como era, tal como con cada inevitable segundo dejarÃa de ser para siempre.
—¿En qué pensabas? —preguntó ella.
—Tan solo que no soy realista — dijo él, y añadió—: No; solo el romántico preserva las cosas que merecen ser preservadas.