Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Luego la ilusión se quebró bruscamente como un hilo demasiado tenso; la sala se reagrupó de nuevo a su alrededor, voces, caras, movimiento; el resplandor chillón de las luces del techo se hizo real, prodigioso; se reanudó la lenta respiración que Gloria y él compartían con aquel dócil centenar de personas, el alzarse y descender de los pechos, la eterna y absurda acción e interacción, el eterno y absurdo arrojarse y repetir palabras y frases: todas estas cosas abrieron los sentidos de Anthony a la sofocante presión de la vida; y finalmente le llegó la voz de ella, fresca como el sueño en suspenso que Anthony había dejado atrás.
—Este es mi sitio —murmuró ella—. Soy como esta gente.
Por un instante, a Anthony le pareció aquello una sardónica e innecesaria paradoja, arrojada a través de la distancia infranqueable que Gloria creaba a su alrededor. Su embelesamiento se había hecho más profundo; tenía los ojos fijos en un violinista semítico que balanceaba los hombros al ritmo del fox-trot más acaramelado del año:
Something… goes
Ring-a-ting-a-ling-a-ling
Right in your ear …