Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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3. Experto en besos

DESDE sus días de director del Harvard Crimson en la universidad, Richard Caramel había sentido deseos de escribir. Pero en su último año de estudiante se había dejado seducir por el espejismo de que algunos hombres estaban llamados a «servir» y que, al lanzarse al mundo, habían de llevar a cabo un algo impreciso pero muy ansiado que, a su vez, tendría como efecto una eterna recompensa o, al menos, la satisfacción personal de haber procurado el mayor bien posible para el mayor número posible de seres humanos.

Este ideal ha arrullado durante mucho tiempo a las universidades americanas. Surge, por regla general, ligado a la inmadurez y a las impresiones superficiales del primer curso; a veces, incluso, en los últimos años de bachillerato. Prósperos apóstoles conocidos por su emotiva manera de predicar recorren las universidades y, asustando a las mansas ovejas y embotando el despertar de la curiosidad intelectual que es el fin de toda educación, destilan un misterioso sentimiento de pecado mediante su insistencia en los delitos de la infancia y en la omnipresente amenaza de las «mujeres». A estas conferencias acuden los jóvenes revoltosos a reírse y a hacer chistes y los tímidos a tragarse las sabrosas píldoras, píldoras que no harían ningún daño si se recetaran a mujeres de granjeros o a devotos mancebos de botica, pero que se convierten en medicina más bien peligrosa para estos «futuros dirigentes».


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