Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Esta enfermedad resultó ser lo suficientemente contagiosa como para afectar a Richard Caramel, logrando que empleara el primer año después de terminar sus estudios perdiendo el tiempo en los suburbios de Nueva York, junto con un grupo de perplejos italianos, como secretario de una Asociación para el Auxilio de Jóvenes Extranjeros. Trabajó en aquello más de un año antes de que la monotonía de sus tareas acabara por desanimarlo. Los extranjeros seguían llegando, inagotables —italianos, polacos, escandinavos, checos, armenios—, con los mismos agravios, con los mismos rostros extraordinariamente desagradables y hasta con los mismos olores, aunque Richard tenía la impresión de que estos últimos crecían en intensidad y se iban diversificando con el paso de los meses. Sus conclusiones finales sobre la utilidad del «servicio a los demás» fueron algo imprecisas, pero tajantes en lo relativo a su personal dedicación. Cualquier joven de buena voluntad, en cuya mente resonaran aún los ecos de la última cruzada evangélica, estaba en condiciones de conseguir tantos éxitos como él con los desechos de Europa… y ya era hora de que Richard Caramel empezara a escribir.





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