Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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En enero, el lunes de los meses, la nariz de Richard Caramel estaba de color azul constantemente, un azul sardónico, que hacía pensar vagamente en llamas envolviendo a un pecador. Su libro estaba casi listo, y a medida que crecía en extensión parecía crecer también en exigencias, exprimiéndolo, subyugándolo, y Richard se limitaba a ir en seguimiento de su obra, demacrado y vencido. Caramel no confiaba sus esperanzas, fanfarronadas e indecisiones únicamente a Anthony y Maury, sino a cualquiera que conseguía convencer para que lo escuchara. Richard visitaba a corteses pero desconcertados editores y discutía su libro con cualquier persona que se le ponía enfrente en el Harvard Club; Anthony llegaba incluso a asegurar que se le había visto, un domingo por la noche, debatiendo la transposición del capítulo segundo con un revisor aficionado a la literatura en los fríos y deprimentes recovecos de una estación de metro en Harlem. Y la última de sus confidentes era mistress Gilbert, que se pasaba con él las horas muertas alternando entre bilfismo y literatura en un intenso fuego cruzado. —Shakespeare era bilfista —aseguraba la madre de Gloria, obsequiando a su interlocutor con una imperturbable sonrisa—. ¡Sí, sí! Era bilfista. Está demostrado.

Dick tendía a desconcertarse un poco ante aquello.


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